HOMBRES y DEMONIOS en el Valladolid del siglo de oro
Valladolid en el corazón del siglo
XVI, era quizás la ciudad más importante del gran imperio español. Felipe II la
había convertido en la capital de España, y España era la nación más poderosa
de la tierra, epicentro de todo lo acaecido en aquel vasto imperio. En sus
calles frecuentadas por nobles, artistas, diplomáticos, picaros y burgueses, se
fraguaba el destino de aquel imperio en el cual “no se ponía el sol”.
La llegada del rey con toda su corte
convirtió a Valladolid, que ya era un importante centro comercial vital para
Castilla, en el corazón palpitante de España, económica y políticamente. El
Real Alcázar se transformó para que sirviera de residencia a Felipe II, y las
leyes que salían de sus salones, eran transportadas por mensajeros, que volaban
a lomos de veloces corceles por todas las naciones de Europa gobernadas por el gran
rey, o como ligeras gaviotas cruzaban los océanos empujadas por los vientos que
henchían las lonas de los veloces veleros que, con la enseña de España,
cruzaban todos los mares del planeta Tierra, llevando órdenes reales, soldados,
religión, lengua y cultura, a todas las tierras descubiertas y conquistadas
allende los mares.
La llegada de la corte a Valladolid hizo
que esta se embelleciera y cambiase de aspecto como por arte de magia. Los
nobles más poderosos del reino construyeron en ella sus palacios, los ricos
comerciantes y hacendados burgueses sus casas solariegas; y el rey, la iglesia
y la nobleza gastaron inmensas fortunas en construir bellos templos o favorecer
a grandes y pequeños conventos.
En aquellos años, Valladolid pasó de villa
a ciudad, ya que Felipe II que había nacido en ella, la elevó a esa categoría. En
Valladolid, en aquella época se concentró el poder, el arte y la sabiduría de España.
Los mejores arquitectos competían en la construcción de templos y palacios,
poetas cuyas plumas afiladas como espadas hacían correr sus versos por los
corredores y estancias de los palacios; al tiempo que grandes dramaturgos,
inspirados en la realidad de la vida de sus calles y en las intrigas políticas,
llenaban los patios de comedias representando en sus escenarios los anhelos,
miedos y virtudes de una ciudad y de un reino en constante crecimiento.
El imperio español estaba en todo su auge y
Valladolid era su corazón; un corazón que latía en todas y cada una de sus
calles llenas de vida, de melodías y religiosidad. Su rey era muy católico y
los grandes pintores y escultores se habían concentrado en torno a la corte,
llenando templos y palacios de bellísimos cuadros y esculturas que reflejaban
la gran religiosidad que se respiraba en la ciudad.
Pero no sólo Valladolid se convirtió en un
faro de arte y saber que irradiaba su luz hasta los confines más apartados del
reino; también Valladolid se llenó de soldados, buscavidas y espadachines que
alquilaban su acero para defender a personajes o para ejecutar pagadas
venganzas. Algunos de ellos sin hogar donde vivir, pasaban las noches en
lóbregas tabernas alternando con otros matones, prostitutas o jugadores. Otros,
los menos, solían cobijarse en los atrios de los templos o monasterios, acogiéndose
a sagrado para que la justicia no pudiera perseguirlos. Allí pasaban
los días refugiados en las iglesias y salían de noche para robar o cometer
asesinatos por encargo de algún poderoso que pagaba con unos cuantos reales de
a ocho, lo que él, con su espada, era incapaz de realizar.
Felipe II, para garantizar en lo posible la
seguridad en las calles, sobre todo en aquellas noches, en que la ciudad perdía
la limpia luz del sol de castilla y se sumía en una oscuridad apenas combatida
por la tenue luz de los titilantes faroles, se valió de la “Santa Hermandad”
creada por sus abuelos, los Reyes Católicos, para vigilar los campos y caminos.
Los reforzó con grupos de alguaciles fuertemente armados que vigilaban las
calles con paso firme y hosco semblante, preparados siempre para intervenir y
detener a cualquier infractor de las leyes, y ponerlos a disposición de los
corregidores que, en representación del rey, impartían justicia. Sin embargo, y
a pesar de estas medidas, las calles no eran seguras por las noches y el eco de
pasos lejanos y las siluetas de personajes furtivos, cubiertos con largas capas
y con el chambergo calado hasta los ojos, helaba el pulso al más templado de
los hombres.
En Valladolid, durante los siglos XVI y
XVII “Siglo de Oro español”, ocurrieron hechos tan extraordinarios que, contados
de boca en boca, hacen que algunos personajes salten, gracias a la tradición
oral, de la historia a la leyenda y de lo humano y terrenal a lo sobrenatural. Así
ocurrió con la muerte del célebre don Rodrigo Ronquillo y Briceño,
conocido en la historia como “El alcalde Ronquillo”.
El célebre don Rodrigo Ronquillo, fue firme
partidario del rey Carlos I de España en la guerra que los Comuneros de
Castilla mantuvieron contra su rey. El alcalde Ronquillo y Antonio Acuña,
obispo de Zamora y partidario del movimiento comunero, eran enconados enemigos y
esa enemistad se mantuvo hasta la muerte. El odio que estos dos personajes se
tenían venía de atrás. Antonio Acuña, cuando estuvo de embajador en Roma, fue
nombrado obispo de Zamora por el Papa Julio II sin haber sido propuesto por el
rey. Cuando Acuña vino a España para hacerse cargo de su diócesis, Fernando el
Católico que gobernaba en nombre de su hija Juana, no acató su nombramiento y
protestó ante el Sumo Pontífice. Acuña que, a pesar de ser ya obispo, no se
destacaba por la virtud de la paciencia, invadió el obispado de Zamora con un
ejército formado con hombres de armas que le proporcionaron sus parientes el
Conde de Benavente y el Marqués de Astorga. Como no pudo entrar en la ciudad,
se apoderó de Fuentesaúco y se hizo fuerte en su iglesia. El rey mandó a don
Rodrigo Ronquillo contra el obispo levantisco; pero no solo no pudo hacer nada,
sino que al contrario, las tropas de Acuña derrotaron a las tropas reales e
hicieron prisionero a don Rodrigo Ronquillo, que fue encerrado en los lóbregos
calabozos del castillo de Fermoselle.
Durante el tiempo que permaneció preso, don
Rodrigo cultivó, en lo más profundo de su corazón, un odio tal que lo mantuvo
hasta la muerte de su enemigo. Contaban algunos que los carceleros habían oído
decir a Ronquillo toda clase de maldiciones e improperios contra el obispo
Acuña; y que como veía difícil la venganza contra un hombre de la Iglesia,
llegó, en el paroxismo de aquella enfermiza obsesión, a invocar al mismísimo Lucifer,
prometiéndole su alma a cambio de una cumplida y dolorosa venganza.
Poco más de un año estuvo prisionero en las
oscuras mazmorras del castillo de Fermoselle, pues en 1508 le llegó el perdón
del rey y fue puesto en libertad en contra del parecer del obispo Acuña, que ya
se había hecho cargo de su diócesis de Zamora.
Con la llegada al trono de Carlos I hijo de
la reina Juana, el obispo Acuña, solicitó del rey nuevos cargos y prebendas.
Unos y otras le fueron denegadas; y estas decepciones hicieron que el obispo
tomara parte a favor de los comuneros cuando estos se levantaron contra el rey.
Cuenta el cronista de la época, Sandoval,
que, a pesar de tener ya sesenta años, él lo vio en Valladolid montando a
caballo y dirigiendo a las tropas como un Roldán y con el mismo vigor de un
joven de veinticinco.
Padilla en el caballo
tordo y el obispo Acuña en el negro saliendo con sus tropas de Valladolid. (Cuadro
de Juan Planella. Cortes de Castilla y León)
Este obispo guerrero, o mejor dicho aún
este fogoso guerrero con la dignidad de obispo, se hizo célebre, no por sus
dotes para desempeñar su función como eclesiástico sino como un tremendo
general del ejército comunero, que quemó, destruyó, saqueó y asoló lo mismo
pueblos y castillos, que iglesias y conventos. Reclutó a trescientos curas
jóvenes de la diócesis de Zamora y los transformó en guerreros, confiando en
ellos la defensa de Tordesillas; y cuando Tordesillas cayó en poder de las
tropas del rey, el 5 de enero de 1520, se retiró con su ejército a Toro,
poniéndose a las órdenes de la Junta de Valladolid y predicando a los cuatro
vientos la revuelta contra el rey Carlos I.
El obispo Acuña, se asentó en Dueñas y
desde esta ciudad inició una cruel y devastadora campaña guerrera contra los
señoríos de la Tierra de Campos: Robaba, devastaba los campos, mataba a las
gentes e incluso saqueaba las iglesias. Quemó el castillo del conde de Castro,
para después arrasar Paredes de Nava, Trigueros y Becerril de Campos.
En la fortaleza de Magaz de Pisuerga,
defendida por Garci Ruiz de la Mota, hermano de Pedro Ruiz que a la sazón era
obispo de Palencia, se estrelló por fin la ambición devastadora de Acuña. Su
ejército de soldados comuneros, no pudieron vencer la resistencia de Garci Ruiz
que defendía la fortaleza con sus fuerzas y la ayuda de soldados fieles al rey.
Cuando Acuña se dio cuenta de que no podía asaltar el castillo, se ensañó con
los habitantes de Magaz, robando y matando a la mayoría de su población; robó
los ganados, las casas e incluso saqueó la iglesia llevándose todo lo que de
valor encontró en ella. Incluso un valioso manto de la Virgen.
Ronquillo, en su lucha contra los Comuneros
de Castilla, tampoco se quedó corto en saqueos, incendios y ahorcamientos; y
para muestra cabe decir que unido a Fonseca, atacó Medina del Campo, que estaba
en poder de las fuerzas comuneras, para apoderarse de su artillería y así poder
atacar y entrar en Segovia. Los de Medina se defendieron bravamente y entonces
Fonseca y Ronquillo, ordenaron prender fuego a la villa en varias partes a la
vez, con objeto de que sus habitantes se dispersaran para apagar los fuegos que
amenazaban convertir todo en un infierno; pero los medinenses se mantuvieron
agrupados en defensa de las piezas de artillería que sabían iban a ser usadas
contra la ciudad de Segovia. El fuego devastador causó gran destrucción en
Medina del Campo dejando reducidos a cenizas toda clase de edificios, entre
otros el convento de San Francisco, donde los comerciantes guardaban todas sus
mercancías.
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Durante meses Castilla se incendió en la
lucha fratricida protagonizada por las comunidades castellanas contra su rey Carlos
I. La guerra tuvo diferentes etapas con progresos y retrocesos por ambos bandos,
pero el día 23 de abril de 1521 las tropas comuneras que pretendían llegar
desde Torrelobatón a Toro fueron interceptadas por las tropas leales al Rey en
las afueras de Villalar.
Padilla
se dio cuenta que, en aquella campa junto al Puente de Fierro, entre el río
Hornija y el arroyo de los Molinos, se iba a librar la batalla definitiva. El
ejército comunero llevaba muchas horas caminando bajo la lluvia y justo en
aquel lugar y bien entrada la tarde, los hombres ya exhaustos, se hundían en el
barro sin poder moverse con libertad. Los capitanes comuneros dieron orden de
llevar la artillería dentro del Pueblo, ya que si conseguían entrar en él,
antes de ser alcanzados, con los cañones colocados en sus calles y el ejército
dentro del Pueblo, podrían contener con más facilidad a las tropas del Rey; pero
Pedro Fernández de Velasco, conde de Haro, que comandaba la caballería real y
marchaba por delante del ejército, se dio cuenta de que las tropas comuneras avanzaban
en desorden y con gran dificultad hacia las calles de Villalar y, sin esperar a
su infantería, dio la orden de cargar.
La caballería del Rey, perfectamente
equipada y adiestrada como ninguna otra caballería de entonces, estaba
compuesta por 600 jinetes de los cuales las tres cuartas partes correspondían a
la caballería pesada de la nobleza castellana. Esta se dividió en tres cuerpos:
En el centro que era la vanguardia la mandaba Pedro Fernández de Velasco, Conde
de Haro, el ala izquierda don Alonso Pimentel y Pacheco, conde de Benavente, con
sus caballeros y el ala derecha, don Íñigo Fernández de Velasco, Condestable de
Castilla e hijo del comandante en jefe del ejército, junto con el Almirante de
Castilla, Fadrique Enríquez.
Cuando en la infantería comunera, se dieron
cuenta de la inminente carga de la caballería castellana, el pánico se apoderó
de ellos, muchos se salieron de las filas y echaron a correr hacia Villalar,
donde ya estaba instalada la artillería que, debido a la pertinaz lluvia apenas
pudo disparar hacia un enemigo que, en minutos, ya estaba atacando a la
desorganizada retaguardia de la infantería comunera.
La caballería real era muy superior en
número, en pertrechos y en disciplina militar, que la comunera. Por otro lado,
la persistente lluvia había cambiado a copiosa tormenta que hacía casi
imposible, para el capitán Padilla, mover a la tropa de forma organizada para
presentar una línea firme de defensa. El ejército comunero se desintegraba y
corría hacia Villalar; el capitán segoviano, Juan Bravo, y Francisco Maldonado,
espolean sus caballos e intentan reagrupar a la dispersada tropa en las calles
del Pueblo, pero apenas lo pueden conseguir. Viendo el conde de Benavente tamaño
desconcierto, al grito de “Santa María y el rey Carlos”, rodea al ejército
comunero por el lado izquierdo y entra con su caballería en Villalar
adueñándose de la artillería y haciendo prisioneros a los capitanes Juan Bravo,
Pedro Maldonado, que era su sobrino, y a Francisco Maldonado primo del
anterior.
En la campa de Villalar sólo quedaba Juan
Padilla, el capitán toledano, que acudía con sus tropas de un lado a otro infundiendo
ánimos e intentando contener a la caballería del Rey, que estaba sembrando de
cadáveres el encharcado campo de batalla. El desconcierto era total, los
cañones habían enmudecido, la pólvora mojada por el diluvio que estaba cayendo,
no permitía disparar los mosquetes y el desánimo se multiplicaba en los hombres
de las filas comuneras, que huían en todas las direcciones. Uno de los escoltas
de Padilla, se le acercó y le dijo:
.- Señor, la batalla está perdida, ha
llegado el momento de que abandonéis el campo y salvéis vuestra vida.
Y Juan Padilla, mirándole de alto en bajo,
contestó:
.- No quiero que las madres de Toledo
puedan decir que traje a sus hijos a morir en Villalar, mientras que yo salvo
mi vida volviéndoles la espalda.
Después de estas palabras, viendo que sus
compañeros Bravo y Maldonado, habían sido hechos prisioneros por los hombres
del Conde de Benavente, reclamó a un grupo de leales escuderos y al grito de “Santiago
y Libertad”, hundió las espuelas en los ijares de su caballo y se lanzó
como un ciclón contra las tropas del Conde de Benavente. Docenas de lanzas,
formando una muralla erizada de hierro, le salieron al encuentro; Juan de Padilla
choca con el caballero vallisoletano Pedro Bazán y lo derriba del caballo, después
atraviesa con su lanza a un escudero veterano, luego se cruza con el caballero ubetense
Alonso de la Cueva que le sale al paso, y después de una enconada lucha, este
hiere en una pierna a Padilla que cae de su montura. Alonso, desmonta raudo y poniéndole
la espada en el pecho le dice:
.- Rendíos o daos por muerto.
.- Soy vuestro prisionero. Dijo don Juan,
asumiendo su derrota, al tiempo que se ponía en pie con gran esfuerzo. Después,
entregó su espada y su guantelete*. Don Alonso de la Cueva los recogió y, por
orden del conde de Benavente se los entregó a un escudero. Después fijándose en
el pendón comunero que un vencido hombre de Padilla había dejado caer al suelo,
lo recogió y lo reclamó para sí, como honor de haber vencido al capitán general
del ejército comunero*.
La batalla había terminado y en la lluvia y
el barro había quedado apagada la llama de la esperanza comunera. En el campo
de Villalar, el ejército comunero, dejaba más de quinientos muertos y otros mil
soldados habían sido hecho prisioneros, contándose entre ellos Padilla Bravo y los
dos primos Maldonado. El resto del ejército huyó en desbandada perseguidos por la
caballería del conde de Haro; la mayoría hacia sus lugares de origen, otros
hacia Toro y después a Portugal; hubo algunos que escaparon hacia Toledo, pues
allí estaban el obispo Acuña y María Pacheco esposa de Padilla; esta última se
hizo fuerte en esta ciudad, pero en realidad con la batalla de Villalar la
guerra había terminado.
Después de la batalla, los cabecillas
comuneros, fueron llevados al castillo de Villalbarba (Hoy derruido) y encerrados
en sus oscuras mazmorras, estrechamente vigilados por los soldados del rey
Carlos I. Aquella noche, los caudillos comuneros, no pudieron dormir; no sólo
habían sido derrotados sus ejércitos, sino que también habían muerto sus
esperanzas. El grito de ¡¡Libertad!! que había brotado de miles y miles de
pechos comuneros, se había callado de manera brutal y definitiva en aquel
aciago 23 de abril en los campos embarrados de Villalar.
El capitán Padilla, pidió un escribano para
hacer testamento y le fue negado con la disculpa de que como iba a morir y sus
bienes serían embargados por la casa real, no lo necesitaba. La sentencia a
muerte ya era segura y aún no se había celebrado el juicio.
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El 24 de abril siendo aún noche cerrada,
los cerrojos de la mazmorra donde habían sido arrojados los caudillos comuneros,
chirriaron al descorrerse y las puertas giraron sobre sus goznes para dar paso
a un pelotón de soldados que los escoltaron hasta el patio de armas. Los
subieron a un carromato que portaba una jaula de fuertes barrotes de hierro y
que estaba tirado por dos caballos frisones y escoltado por un escuadrón de
soldados a caballo fuertemente armados. Los mandaba don Pedro de la Cueva y
Velasco, miembro de la Casa de Albuquerque, señor de Torregalindo y Portillejo,
además de caballero de la Orden de Santiago. Su misión era llevar a los
prisioneros a Villalar, distante unos diez kilómetros; debía hacerlo al tiempo
de amanecer y, por su honor, que estaba decidido a ello.
Las grandes puertas y el rastrillo, del
castillo de Villalbarba, se abrieron y la comitiva salió en dirección a
Villalar siguiendo un camino embarrado por la lluvia del día anterior.
*Guante de hierro de la
armadura.
*Aquel pendón fue llevado
por Alonso de la Cueva a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Bedmar
La tropa caminaba en silencio envueltos en
sus capotes, pues el frío relente del amanecer se filtraba entre las armaduras
y enfriaba los cuerpos de aquellos soldados que habían pasado un día y una
noche muy duros. Cuando la aurora anunciaba con su luz el amanecer, los
soldados empezaron a, más que ver, vislumbrar el campamento real que se había
instalado en las eras del pueblo. Una ligera niebla cubría levemente las
tiendas del ejército vencedor, cuyos soldados empezaban a juntarse en derredor
de las hogueras, buscando el calor del fuego. El aire olía a tierra mojada y
las madrugadoras cornejas y urracas empezaban a sobrevolar el cercano campo de
batalla, donde posiblemente aún yacía algún soldado insepulto.
En el centro del campamento, se alzaba una
gran tienda donde serían juzgados los cuatro líderes del ejército comunero que,
escoltados por Don Pedro de la Cueva, ya entraban en las eras del pueblo cuando
un claro sol de abril empezaba a levantar la leve niebla de los campos, anunciando
un día soleado de primavera. Era aquel hermoso sol primaveral, el último que
verían los ojos de aquellos nobles guerreros que habían osado sublevarse contra
su rey pidiendo libertad. Padilla, Bravo y los primos Maldonado, lo sabían;
dejaron que aquellos primeros rayos acariciasen sus sucios rostros y cruzaron
elocuentes miradas entre sí; miradas que demostraban valentía, nobleza y
resignación, pues sabían que aquel juicio era un mero trámite y la sentencia ya
estaba dada.
Los cuatro líderes cautivos entraron
escoltados en el pabellón, donde el tribunal que los iba a juzgar ya estaba
sentado a una gran mesa. Allí, todavía lucían dos candelabros que ayudaban a
iluminar la estancia que, aunque débilmente, ya iluminaba la luz del sol
naciente que traspasaba, con sus rayos, las lonas de aquella gran tienda de
campaña preparada para servir de sala de justicia.
Los caudillos comuneros, derrotados en el
campo de batalla, pero con su orgullo intacto, caminaron altivos, con paso
firme y franca mirada, hasta pararse frente al tribunal, cuyo presidente les
mandó sentar en un banco destinado a los acusados. El tribunal estaba formado
por tres Alcaldes de Casa y Corte. Lo presidía el doctor Antonio Cornejo, que
estaba flanqueado por los licenciados García Fernández de Alcalá y Juan de Salmerón;
actuando de notario el escribano don Luis Madera. A un lado de la mesa, en un
lugar preferente, estaba sentado el cardenal Adriano de Utrecht que, como
representante de la corona, observaba lo que allí iba a acontecer para informar
al ya emperador*del Sacro Imperio Romano Germánico, Carlos I, que se encontraba
en Flandes. El resto del pabellón estaba ocupado por todos los nobles fieles al
Emperador, que habían participado en la batalla. Permanecían de pie, a causa
del espacio, y en un silencio expectante pues lo que allí se iba a juzgar era
muy importante para la supervivencia del reino.
El Juicio fue rápido, pues los juzgados ya
habían sido sentenciados por Carlos I antes de ser hechos prisioneros. El
presidente del tribunal, don Antonio Cornejo, dirigiéndose a Padilla le
preguntó así:
.- Don Juan de Padilla, ¿Juráis ser cierto
que vos habéis sido capitán de los ejércitos de las comunidades, que habéis
estado en Torrelobatón peleando contra las tropas leales a SS.MM. y después
habéis capitaneado el ejército comunero ayer en Villalar?
*Carlos I fue coronado
emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en Aquisgrán el 23 de octubre de
1520
.- Sí, lo juro, pues es cierto.
.-
Por lo tanto, ¿también es cierto que os declaráis rebelde a la Patria y al Rey?
.- Eso
no es cierto. No he sido rebelde a mi patria y tampoco a mi reina Juana I de
Castilla, pues por una y por otra he peleado y por ambas voy a morir.
No se le hicieron más preguntas; el notario
Luis Madera tomó nota de la declaración y de las demás declaraciones de los
otros líderes comuneros que, habiendo sido preguntados del mismo modo, todos
contestaron igual que el capitán toledano, declarándose ellos capitanes de las
tropas segovianas y salmantinas respectivamente.
El presidente, don Antonio Cornejo se
dirigió a los asistentes en los siguientes términos:
.- Caballeros, los acusados han reconocido
su falta y se reconocen culpables. ¿Alguno de los presentes tiene algo que
argumentar en su defensa?
El silencio era total, tan profundo era
aquel silencio, que dejaba oírse un gran martilleo que provenía del Pueblo,
aunque estaba bastante alejado. No cabía duda, los carpinteros estaban
levantando el patíbulo donde serían ajusticiados los reos.
El escribano, mandó ponerse en pie a los
acusados y el presidente del tribunal volvió a hablar dirigiéndose a Juan de
Padilla, a Juan Bravo y a Francisco y Pedro Maldonado:
.- Caballeros, este tribunal ha oído
vuestras declaraciones y no teniendo a nadie que argumente razones
exculpatorias en vuestra defensa, os declara culpables de traición, alboroto
del pueblo, usurpación de poder y otros delitos, todos ellos graves. Por tanto,
les serán confiscados todos los bienes en favor de la Corona y además se les
condena a muerte por decapitación. La mencionada condena se hará efectiva antes
del mediodía en la Plaza Mayor de Villalar, concediéndoles antes un tiempo para
escribir cartas a sus familias y poner en paz las almas ante un confesor.
Apenas había sido dictada la condena, cuando
de entre la primera fila de nobles, que en sepulcral silencio presenciaban la ceremonia,
surgió una voz grave, profunda y firme,
.- Yo sí tengo algo que decir.
Aquella frase corta pero rotunda, sonó como
un trueno en una noche de calma. Las miradas de toda la nobleza, allí
concentrada, se dirigieron hacia la persona que había tenido la osadía de
hablar ante aquel altísimo tribunal. El cardenal Adriano de Utrecht que,
solemnemente revestido con todos los hábitos propios de su rango, había estado
en silencio presenciando el juicio, dirigió también su mirada inquisitoria
hacia el noble que había hablado. Se trataba de don Alonso
Pimentel y Pacheco, conde de Benavente.
Era un hombre de edad más que madura, pero
de porte gallardo; avanzó unos pasos hacia el tribunal, y se plantó altivo ante
los jueces. Vestía con severidad castellana, con un jubón de terciopelo oscuro
bordado con finísimos hilos de oro que brillaban discretamente a la incipiente
luz de aquel amanecer de abril. Hizo una reverencia, aunque como grande de
España no se descubrió; y después dirigiéndose a los jueces dijo así:
.- Altísimo tribunal y excelentísimos
miembros que lo componen. Vuestras señorías y todos los aquí presentes me
conocen, pero por si para alguien no fuera conocido, me presentaré. Soy Alonso
Pimentel y Pacheco, Conde de Benavente, Conde de Mayorga, Señor de Allariz,
Milmanda y Arroyo del Puerco, Adelantado Mayor de León y Comendador de
Castrotorafe en la Orden de Santiago. Cada gesto, cada palabra, la pronunciaba
con tono autoritario, reposado y grave, sabiendo que de sus palabras dependía
la honra de su apellido.
Calló durante un instante y entre la
nobleza se oyó un leve rumor que duró unos segundos; después un silencio
expectante volvió a dominar la ceremonia, y el noble conde continuó con el
mismo tono con el que había empezado.
.- He oído las acusaciones del tribunal, he
oído también como los acusados se han declarado culpables de los delitos que se
les atribuyen, y creo que la sentencia es del todo justa. Sin embargo, entre
los condenados hay una persona que pertenece a mi estirpe, y quiero reclamar
para él un alivio de la pena. Mi familia siempre ha sido fiel a la corona, yo
mismo en esta guerra he peleado y he aportado mis bienes y mis tropas en
defensa del rey, nuestro señor, y el castigo a un miembro de mi familia hiere
también mi honor. Excelentísimo tribunal, el honor no se negocia ni se vende;
el honor se defiende hasta el último aliento y hasta el último aliento quiero
defender el honor de mi casa.
.- Aclárenos su petición y díganos que
pretende. Dijo don Antonio Cornejo, presidente del tribunal.
.- En la batalla de ayer, en los campos de
Villalar, mis huestes y yo a la cabeza de ellas, participamos, creo que de forma
bastante decisiva, haciendo prisioneros a algunos de los líderes más
importantes de las tropas comuneras. Por lo tanto, por el honor de mi familia y
por los méritos adquiridos por mí en la batalla, es por lo que suplico que la
pena de muerte a la que se ha condenado a mi sobrino Pedro Maldonado, sea
pospuesta hasta la venida a España de nuestro rey y emperador Carlos I, a quien
recurriré, puesto que es el único que puede anular o conmutar la sentencia de
tan alto tribunal.
Calló el Conde de Benavente y sus ojos oscuros,
brillaron como dos ascuas encendidas bajo sus bien pobladas cejas. Miró
fijamente a cada uno de los miembros del tribunal que, durante unos segundos quedaron
perplejos ante tal petición. El delito cometido por el caudillo comunero era
muy grave, tan grave era que la única pena a la que se le podía condenar era la
de muerte; pero era tan alta la persona que hacía la petición y tan grandes las
razones que el conde exponía, que los hizo dudar hasta tal punto que, el
presidente del tribunal, dirigiéndose a todos los presentes dijo:
.- Caballeros, ante tan importante petición,
no carente de razones de peso, permítannos que nos retiremos unos minutos para
deliberar.
Los tres miembros que integraban el “Tribunal
de Casa y Corte” * y el Cardenal de Utrecht,
se retiraron a un lugar apartado fuera de la vista de los asistentes al juicio.
*
El ”Tribunal de Casa y Corte” era el más alto tribunal que administraba
justicia en nombre del rey.
La deliberación duró
pocos minutos, pero en el pabellón que llenaba la nobleza castellano-leonesa,
se empezó a oír un rumor que poco a poco fue creciendo hasta oírse voces que
apoyaban o negaban las pretensiones del conde de Benavente. Dicho rumor desapareció
de golpe cuando los tres jueces y el cardenal Adriano de Utrecht volvieron a
hacer presencia y ocupar sus puestos en la mesa del tribunal. Después el juez
don Antonio Cornejo, se dirigió al Conde, que estático permanecía de pie firme
como una estatua de granito.
.- Don Alonso Pimentel y Pacheco, conde de
Benavente, oída vuestra petición ante nos, y sopesadas todas vuestras razones,
los tres miembros de este tribunal aconsejados también por Su Eminencia el
cardenal don Adriano de Utrecht, hemos decidido por unanimidad, posponer la
ejecución del acusado don Pedro Maldonado hasta la decisión de nuestro señor el
rey Carlos I. También hemos decidido que el acusado sea llevado prisionero al
castillo de Simancas, donde esperará con otros reos la vuelta del Rey. *
El conde de Benavente hizo una leve
inclinación de cabeza en acto de acatamiento y se retiró a su lugar entre la
nobleza, al mismo tiempo que un leve rumor de conformidad corrió entre las
filas de los nobles que llenaban el pabellón.
Se dio un tiempo prudencial para que los
sentenciados escribieran una única carta de despedida a sus esposas o familia y
después pusieran en paz su alma ante un confesor que, en aquel caso se trataba
de un monje franciscano.
Posteriormente, y siguiendo instrucciones
del tribunal, se montó a los reos en sendas mulas cubiertas de grandes telas de
lana negra. Se cuidaba hacerles gran escarnio sin dejarlos montar caballos
propios de nobles como ellos. Por delante, un pregonero, a voz en grito,
proclamaba el delito cometido por los líderes comuneros, así como la pena de
muerte a la que habían sido condenados.
El fúnebre cortejo caminó hacia la plaza de
Villalar, donde se había ya terminado un cadalso. Al lado, en un lugar
preferente, había un estrado de madera diseñado para que la nobleza asistente
pudiera presenciar el ajusticiamiento, sin necesidad de mezclarse con la plebe
que, expectante, cabizbaja y asustada, esperaba el desenlace de aquella
terrible tragedia que ellos no alcanzaban a comprender.
Las pocas nubes que había colgadas en el cielo,
no impedían a un claro sol de primavera, iluminar la mañana cuando la comitiva irrumpió
en la plaza de Villalar. Los soldados abrieron paso entre la muchedumbre que
atropelladamente se hizo a un lado dejando un amplio pasillo por donde pregonero,
reos y guardias llegaron hasta los pies del patíbulo.
Ya en lo alto del suplicio, Juan Bravo mandó
callar al pregonero diciéndole:
.- “Mientes
y mienten todos aquellos que te lo mandan decir. No somos traidores sino
celosos del bien común y defensores de la libertad del reino”
*Pedro
Maldonado fue ejecutado por decapitación en Simancas el día 14 de agosto de
1522, por orden del rey Carlos I.
Padilla, le mandó guardar
silencio y le dijo:
.- “Señor Juan Bravo, ayer era día de
pelear como caballeros y hoy, de morir como cristianos”.
Juan Bravo calló, pero pidió ser el primero
en morir, porque no quería ver como era decapitado su capitán Juan de Padilla,
a quien calificó como el hombre más bueno y más valiente de Toledo.
Ejecución
de los Comuneros (Antonio Gisbert)
Después cogieron a Juan bravo y poniéndolo
de rodillas le ataron las manos a ambos lados del madero donde reclinó su
cabeza. Una nube, que ocasionalmente había cubierto el cielo, dejó por un
momento escapar un rayo de sol que fue a reflejarse en el acerado filo de la gran
espada de justicia,* que el verdugo tenía levantada en alto
sujeta con las dos manos, luego aquella espada descendió como fulgurante rayo sobre
el reo, y cercenó de un solo tajo el noble cuello del paladín segoviano. El
verdugo, cogiendo por los cabellos la exangüe cabeza, se la mostró a los
asistentes en la plaza. Del mismo modo fueron decapitados Juan de Padilla y
Francisco Maldonado.
Consumada la ejecución, las cabezas
clavadas en férreos garfios fueron expuestas en lo más alto del rollo de
justicia de Villalar, para escarmiento de todos. Hay que destacar que, según
los historiadores de la época, el verdugo encargado de segar la vida de los
tres líderes comuneros no recibió compensación económica, aunque se le concedió
la prebenda de quedarse con los vestidos de los ajusticiados.
*El cuadro de Gisbert, que fue
pintado en 1860, más de tres siglos después, muestra dos errores históricos: 1º
los comuneros no fueron decapitados con hacha sino con una gran espada
(privilegio destinado a los nobles y ellos lo eran), y 2º no los asistieron
tres frailes dominicos sino un solo fraile franciscano.
El alcalde Ronquillo, fiel seguidor del
emperador Carlos I, no intervino en estas muertes, aunque posiblemente le
hubiera gustado, pero a quien de verdad le tenía muchísimas ganas y por el que
había vendido su alma al diablo, era a su enemigo empedernido, el obispo Acuña;
al que llamaba bastardo hijo de Obispo. Tenía razón, pues el obispo Acuña,
obispo de Zamora, era el segundo hijo del obispo de Burgos Luis de Vázquez de
Acuña y de Aldonza de Guzmán.
Ninguno de los dos se encontraba en
Villalar aquel 24 de abril. El obispo Acuña que se encontraba por tierras de
Toledo, al enterarse de la terrible derrota de Villalar y la muerte de Padilla,
Bravo y Maldonado, recogió cuanto pudo de sus dineros y acompañado de una
escolta de sus guardias disfrazados de mercaderes, salió sin pérdida de tiempo,
en la oscuridad de la noche, en dirección a Francia.
Con el peso de la derrota y apesadumbrado por
el infortunio, el obispo Acuña cruzó a uña de caballo los campos de Castilla.
ya no era la excelsa figura del celebérrimo obispo lleno de dignidad y
altanería, era una simple sombra de su figura intentando poner a salvo su vida
y su libertad. El sol de mayo en Castilla era implacable, pero darse prisa y no
tomar más descanso que el necesario, era lo único que podía salvar su vida.
Evitaba los caminos reales que eran los más transitados para no levantar
sospechas, pero cabalgar por el campo a través y usar los caminos y sendas
secundarios, les hacían avanzar más lentamente. Usaba de las monedas guardadas
en sus bolsas, para mandar a algunos de sus escoltas a comprar víveres en las
aldeas a las que no quería entrar para no ser reconocido. La oscuridad era su aliada, y al amparo de
los sotos y arboledas pasaba las noches pensando en cómo salvar su vida.
Francia, para él, suponía la salvación, pero a sus oídos había llegado la
noticia de que el emperador Carlos I había dado la orden de perseguir y
encarcelar a todos los cabecillas que, después de Villalar, habían escapado
para no caer en manos de los vencedores. Además, sabía que uno de los jueces
encargados de aplicar la justicia a los huidos, era su enconado enemigo Rodrigo
Ronquillo (el alcalde Ronquillo), y ese no dudaría en darle muerte si podía.
La noche del 23 de mayo de 1521, el Obispo
y su escolta estaban descansando en un pequeño bosquecillo, que los ocultaba de
miradas suspicaces, cuando el capitán de sus guardias se le acercó y le dijo
con tono un poco preocupado,
.- Monseñor, los hombres que mandé esta
tarde para comprar víveres en Alberite, no me han traído buenas noticias.
.- ¿Por qué lo decís, capitán? ¿ellos han
visto algo sospechoso?. Llevamos muchos días de marcha, estamos ya en la
frontera de Navarra y cada vez más cerca de Francia. No puede ser que hasta
aquí lleguen las fuerzas imperiales para cortarnos el paso.
.- No lo sé, Monseñor, pero mis hombres
dicen que se toparon con unos peregrinos que venían de hacer el Camino de
Santiago, y en Navarrete habían visto movimiento de soldados. También dicen que
en el mercado donde compraron los víveres, habían oído decir que soldados
imperiales patrullaban la frontera navarra para capturar a los cabecillas
huidos de Villalar.
El Obispo, se pasó la mano por la frente
pensativo y después dijo a su capitán:
.- Mañana temprano pasaremos por
Villamediana de Iregua, simularemos ser mercaderes y ocultaremos nuestras armas
para que nadie pueda ver en nosotros algo sospechoso. Allí quizás tengamos
noticias de lo que ocurre en Navarrete.
.- Amanecía el 24 de mayo y el sol se
empezó a levantar haciendo brillar, con su luz dorada, las verdes hojas de los
árboles que habían dado cobijo a los fugitivos. El murmullo cercano del río
Iregua que cruzaba la chopera donde se habían ocultado, empezó a inquietar a
los caballos que al parecer tenían sed. Los soldados, aún envueltos en sus
capotes, los llevaron a abrevar y pronto estuvieron preparados para la marcha.
Después de comer un ligero desayuno en frío, ya que encender un fuego habría
delatado su presencia, montaron a caballo y emprendieron el camino. En el
rostro de todos se podía leer la incertidumbre de lo que les esperaba.
Apenas había transcurrido una hora de
marcha cuando el obispo Acuña y sus escoltas, empezaron a ver el pueblo de
Villamediana con el humo de sus chimeneas que, elevándose mansamente hacia el
cielo azul, en aquella limpia mañana de mayo, anunciaba el despertar de sus
habitantes.
Al adentrarse en las primeras calles del
pueblo, todos percibieron una sensación rara. Algunos vecinos, asomados a sus
puertas entreabiertas, les observaban de tal manera que el capitán de los
guardias se sintió receloso y preocupado; dirigió la mirada a su pequeña tropa
y dijo sin levantar la voz:
.- Estad preparados por si algo ocurriera,
esta tranquilidad no me gusta nada.
Todos los soldados llevaron sus manos a las
empuñaduras de sus espadas ocultas bajo las capas de sus disfraces. De pronto
al llegar a una encrucijada de calles, se oyó gran ruido de cascos y
entrechocar de armas. Numerosos soldados
de acaballo de una patrulla imperial, al mando del alférez Perote, les cerró el
paso; todos iban armados con lanzas y preparados para entrar en batalla. Los
soldados de la escolta metieron mano a sus espadas, pero no llegaron a
desenvainar, pues el obispo Acuña, levantando su mano diestra, les pidió calma.
Durante unos instantes que parecieron eternos el capitán de los imperiales
habló con don Antonio Osorio de Acuña, sin saber quién era, y parecía que se
iba a dar paso franco a aquellos mercaderes. Pero de pronto algunos imperiales
le reconocieron y dieron la voz de alarma. Apenas fue reconocido Acuña, cuando
un bosque de lanzas aceradas cercó a los falsos mercaderes exigiendo su
rendición. El señor obispo, comprendiendo que todo intento de resistencia o de
fuga sería inútil, se deshizo del disfraz y lentamente entregó su espada
pidiendo a sus hombres que hicieran lo mismo; no obstante, reclamó para sí el
trato especial que correspondía a un alto representante de la Iglesia Católica.
Desarmados y maniatados los miembros de la
escolta, el obispo Acuña fue llevado preso, aquella misma mañana, al castillo
de Navarrete (La Rioja), en espera de ser juzgado por los delitos de alta
traición y rebelión contra su rey, entre otros.
El alcalde Ronquillo que, tras la derrota
de los comuneros en Villalar, había sido uno de los encargados en juzgar a los
cabecillas fugados que poco a poco iban siendo hechos prisioneros, cuando Acuña
fue encarcelado en Navarrete, se alegró muchísimo de que por fin su mayor y más
odiado enemigo hubiera caído en sus manos. Pero un obispo, no era un caudillo
cualquiera y el Papa León X tomó cartas en el asunto y exigió al emperador
Carlos I la potestad de resolver personalmente los trámites judiciales. El
Emperador, al contrario, quería que el proceso de aquel tan señalado enemigo,
se resolviera en España, y por último, el Papa designó y autorizó al cardenal
Adriano de Utrecht a instruir el proceso, pero con dos condiciones importantes:
La primera condición era que Acuña, por su dignidad episcopal, no podría ser
sometido a tormento bajo ninguna condición, y la segunda era que, una vez
instruido el proceso, el juicio final se celebraría en Roma.
¿Sería posible que por este inconveniente
se le escapara de las manos su enconado enemigo?, pensó don Rodrigo Ronquillo.
Si por él fuera ya le habría juzgado y condenado, pero no era así; y monseñor
Acuña seguía prisionero y con buen trato en el castillo de Navarrete, sin que
aquel tira y afloja entre el Papa y el Emperador se llegara a resolver. Se dice
que algunos cronistas de la época cuentan que el alcalde Ronquillo volvió a
pensar en el diablo, y decía: “Te prometí el alma, pero alma y cuerpo te daría
si algún día lo pones en mis manos”. Sin embargo, un viejo proverbio dice:
“Nunca vendas tu alma al diablo pues el diablo siempre cobra lo que se le
debe”.
El día uno de diciembre de 1521 Murió en
Roma el Papa León X y en la elección del nuevo Papa se vio la larga y poderosa
mano del emperador Carlos I; ya que el día 9 de enero de 1522 fue elegido Papa
el Cardenal Adriano de Utrecht sin que estuviera presente en el cónclave, pues
estaba actuando de regente en España. Unos meses después de su elección, el
emperador Carlos I regresó a España y decidió tomar cartas en el asunto
personalmente. Lo primero que hizo, fue trasladar al obispo rebelde a la
fortaleza de Simancas, ya que la consideraba más segura y menos cerca de la
frontera con Francia, pues no descartaba que, tan belicoso enemigo, intentara
la fuga para escapar de ser juzgado. Después, haciendo uso de la confianza y de
los favores que el Papa le debía, solicitó a Su Santidad permiso para que un
tribunal formado por obispos españoles, pudiera juzgarlo, someterlo a tormento
y por último ejecutar la sentencia que de tal juicio saliera.
A principios de febrero de 1523, el Papa
Adriano VI, aceptó la petición del Emperador y sin tardanza alguna, se inició
el proceso a cargo de monseñor Fonseca, obispo de Burgos, y más tarde lo
continuó el arzobispo de Granada, monseñor Antonio de Rojas, que a su vez era presidente
del Consejo Real. Pero “Con la Iglesia hemos topado amigo Sancho”, diría casi un
siglo más tarde el inmortal Cervantes, en su obra “El ingenioso hidalgo don
Quijote de la Mancha”. Y no le faltaba razón, pues juzgar a un alto cargo de la
Santa Madre Iglesia, no era un hecho común y menos un hecho menor. Por tal
motivo las investigaciones y los trámites para juzgar al obispo Acuña, se iban
dilatando en el tiempo y parecía que aquello no se iba a terminar nunca.
Acuña no consiguió ver preso en Simancas a
don Pedro Maldonado, capitán comunero de las tropas salmantinas, que había sido
preso y juzgado en Villalar pero que, gracias a las influencias del conde de
Benavente, se había aplazado su ejecución hasta el regreso del Emperador. No
coincidió con él porque, después de su regreso, Carlos I, implacable con los principales
cabecillas comuneros, autorizó al Consejo Real a dictar sentencia condenatoria,
y la ejecución se realizó en la plaza mayor de Simancas el día 14 de agosto de
1522.
El Obispo, desde la cárcel, movía todos los
hilos que podía buscando su perdón; y tuvo una pequeña esperanza cuando llegó a
sus oídos que el emperador Carlos I estaba preparando una carta de perdón
general a favor de cientos de implicados en la lucha comunera. Con la ilusión
de aquel indulto, el humor de Acuña se dulcificó mucho. Él, a pesar de estar
prisionero en Simancas, no era un preso cualquiera, no estaba recluido en una
lóbrega mazmorra como era costumbre encerrar a los prisioneros del siglo XVI. El
Obispo tenía para su alojamiento varios cuartos conectados; la habitación
principal estaba ubicada en la planta primera de la torre, que desde entonces
se llama “Torre o cubo del Obispo”
Torre del Obispo
(Simancas)
Aunque
don Antonio Acuña estaba prisionero, el Santo Padre Adriano VI, no le despojó
de título de obispo de Zamora, no obstante, mientras se solucionaba la causa de
suspensión “A Divinis” * a la que estaba condenado Acuña por los
graves delitos de los que se le acusaba, el Papa nombró administrador de la
diócesis a Francisco de Mendoza.
Carlos I ordenó que, de las rentas de la
diócesis zamorana, se entregara a don Mendo Noguerol, alcaide de la fortaleza
simanquina, la cantidad de cien ducados de oro puro para ropas y manutención
del Obispo, así como otros dineros que él necesitase para los pagos de aquellas
personas que trabajaban por su liberación, las cuales tenían licencia para visitarlo
en sus aposentos. También concedió licencia para que el Obispo recibiera la
visita de don Diego de Villalán, predicador real, que tendría la misión de oír
en confesión a don Antonio de Acuña y de suministrarle los libros que él
pidiera para su lectura, después de haber sido revisados uno a uno
minuciosamente.
Estando en esta situación, le llegó una
noticia que le llenó de alegría y de esperanza. Carlos I de España y V de
Alemania, iba a hacer pública una carta de perdón general para muchos cientos
de prisioneros que estaban implicados en la causa comunera, ¿Sería él uno de
los agraciados?, pensó Acuña; si era así, la vida le volvía a sonreír. Llegó
ese día,
*.-El obispo Acuña seguía
siendo obispo, pero se le privaba de la autoridad para ejercer sus funciones.
y en la Plaza Mayor de Valladolid, se hizo
público el célebre pregón de indulto de “Todos los Santos”, llamado así por
haberse celebrado dicho acto el día uno de noviembre de 1522. Con este edicto
quedaron en libertad muchísimos presos, sin embargo, hubo trescientas
excepciones, por haber sido considerados como principales responsables del movimiento
comunero. Eran los “exceptuados del Perdón de Todos los Santos”, y quien
encabezaba esa lista no era otro que Monseñor Antonio Osorio de Acuña, obispo
de Zamora, considerado como uno de los capitanes generales de las tropas
comuneras; le seguían don Juan Pereira, deán de Salamanca, don Alonso Enríquez,
prior de Valladolid, el doctor Francisco Álvarez Zapata, maestrescuela de
Toledo etc.
La noticia se le dio don Mendo Noguerol,
alcaide de la Fortaleza y responsable de todos los presos que en ella había, y
esta le cayó a Acuña como un jarro de agua fría, pues se dio cuenta de que
todas sus esperanzas se esfumaban como se esfumaba el humo de las chimeneas de
Simancas, que él veía todos los días desde su ventana enrejada. Don Mendo
Noguerol, que ya había entablado alguna amistad con él, pues tenía largas
conversaciones con Acuña en los aposentos del obispo, intentó sin lograrlo
darle ánimos y consuelo; pero desde aquel momento el obispo Acuña fue otra
persona muy diferente. Dejó de sonreír y se convirtió en una persona huraña,
taciturna y meditabunda; había llegado a la conclusión y estaba en lo cierto,
pues era un hombre inteligente, de que el Emperador no le concedería su perdón
nunca. A partir de aquel día, su mente empezó a maquinar la forma de escapar de
aquella fortaleza, donde solo le cabía esperar la muerte o la condena a
perpetuidad.
En sus conversaciones con el alcaide,
disimulaba sus pensamientos, pero poco a poco se iba enterando de cuantos
soldados formaban la guardia, a que horas se hacían los relevos, cuándo se
servían las comidas y las cenas…, es decir, el obispo iba dando forma en su
mente la idea que se le había ocurrido aquel funesto día. A final de mes estos
pensamientos adquirieron más fuerza, pues se enteró que otro célebre preso que
había en el mismo castillo, se había suicidado. Se trataba del mariscal Pedro
de Navarra que había sido hecho prisionero en 1516 y, que después de haber
estado preso en el castillo de Atienza (Guadalajara), había sido trasladado a
Simancas en 1519. Este hombre, afectado por la ejecución pública de Pedro
Maldonado, cayó en una profunda depresión y el 24 de noviembre de 1522 se cortó
la garganta con un pequeño cuchillo de escritorio.
A pesar de que el propio Emperador estaba
deseoso de juzgar a Acuña, el proceso se dilataba mes tras mes y año tras año.
Hay que tener en cuenta que el Obispo, al ser un alto cargo de la Iglesia
Católica, estaba protegido por el fuero eclesiástico y así, en el tiempo que se
tardó en incoar el proceso, se vieron implicados tres papas: León X, que
gobernó la Iglesia entre los años 1520 y 1521, Adriano VI, entre los años 1522
y 1523 y por último Clemente VII, entre los años 1523 y 1526. ¿Por qué no
prosperaba este proceso?, la explicación no era otra que la lucha entre la
jurisdicción eclesiástica y la jurisdicción real. Los papas querían que al
Obispo le juzgara la Iglesia de Roma, y el Emperador se esforzaba en que el
juicio se celebrase en Castilla. El terrible juez “alcalde Ronquillo” también
alentaba a Carlos I, dándole la razón y pidiendo que aquel terrible enemigo de
la corona fuera juzgado y castigado en el reino de Castilla, donde tanto daño
había hecho.
Así estaban las cosas cuando llegó el mes
de febrero de 1526. Acuña, tanto tiempo recluido en la fortaleza de Simancas,
se había ganado la confianza de los principales habitantes del castillo. Allí
vivía el alcaide Mendo Noguerol con su esposa Constanza Espinosa y sus hijos,
además de criados y esclavos que convivían y trabajaban en la fortaleza.
También comía y dormía muchas veces Bartolomé Ortega, sacerdote vecino de
Wamba, que decía misa en la capilla del castillo y enseñaba a leer a los hijos
de don Mendo. Además, vivían también en la fortaleza tres esclavos negros:
Francisco de Talavera, encargado de subir la comida al Obispo y encenderle el
brasero; y dos esclavas también negras: Isabel y Juana, esta última estaba
encargada de hacer la cama a Acuña. Esta esclava estaba al corriente de todos
los cuentos que se hablaban en la fortaleza pues además de atender al Obispo,
tenía relaciones carnales con el negro Francisco, con Esteban, acemilero
encargado de traer leña y escobas para abastecer las necesidades de la
fortaleza, y por último con un paje de don Mendo llamado Almesto; de todos
ellos recibía dinero y de todos sacaba información.
Según se desprende de todo lo expuesto
anteriormente, don Antonio Osorio de Acuña, obispo de Zamora, no era un
presidiario normal y corriente; disponía de varias estancias comunicadas entre sí, no como las frías mazmorras a las que eran
condenados otros presos; disponía de personas que le atendían para hacer la
limpieza y aseo de sus habitaciones, además contaba con la amistad del alcaide
de la fortaleza, que pasaba largos ratos conversando con él en sus estancias al
amor del calor del brasero, siempre bien atendido por el esclavo negro
Francisco de Talavera. Gracias a la negra Juana se había hecho con un pequeño
cuchillo que guardaba como oro en paño para el día que decidiera escapar; la
misma esclava había escondido una larga cuerda, cerca de la muralla, con la que
pensaba descolgarse de los muros de la fortaleza, también la negra Juana le
había suministrado una piedra del tamaño del libro de oraciones que usaba el
Obispo y que este llevaba siempre en una bolsa en vez del susodicho libro. Por
último, el belicoso obispo, había confeccionado una rudimentaria lanza con un
hierro de la cama, que guardaba bajo el colchón y que por tal motivo había
pedido al alcaide que solamente le hiciera la cama la esclava Juana.
A finales del mes de febrero de 1526, para
ser más exactos el día 25 del citado mes, don Antonio de Acuña había comido y
estaba sentado frente al gran brasero que el esclavo Francisco de Talavera le
había encendido; parecía que dormitaba, pero lejos de eso, pensaba en la manera
de escapar. El día era muy frío y un aire invernal, portador de congeladas
celliscas, azotaba los vidrios emplomados de su estancia, ululando como si
algún alma en pena pretendiera buscar el calor del salón donde el obispo, mirando
las ascuas del brasero, pergeñaba la forma de alcanzar la libertad. Aquel aire
gélido tenía barridas de centinelas las murallas, pues estos abrigados en sus
gruesos capotes se acurrucaban en sus garitas temblando de frío. Si algún día
era apropiado para huir, era aquel, pensó Acuña; pero en estos pensamientos
estaba inmerso cuando, a sus espaldas, oyó girar la llave de la cerradura de la
puerta y luego a esta girar sobre sus goznes. Don Mendo Noguerol, alcaide de la
fortaleza, entró como hacía muchas tardes para charlar un rato con el señor
Obispo, como él le llamaba.
.- Buenas tardes, monseñor.
.- Buenas tardes, señor alcaide. Contestó
el obispo Acuña, que no había previsto aquel contratiempo. Hoy parece que hace
frío, el mes de febrero es lo que tiene…
.- Más que frío yo diría que hace un día de
perros como suele decirse por aquí; parece que todas las fuerzas del averno se
han conjurado para barrer las calles de gente y no se ve a nadie en toda la
villa. Sin embargo, aquí hace bueno.
El alcaide cogió una silla y acercándola al
brasero se sentó para estar más cómodo mientras hablaban, después estirando los
brazos acercó las manos al fuego mientras se las frotaba enérgicamente. Luego
continuó,
.- Don Antonio, ¿Qué tal van esos ánimos?;
monseñor es una persona consagrada, sois un príncipe de nuestra Santa Madre
Iglesia y no creo que ningún juez civil tenga la osadía de condenaros a la pena
capital.
.- No lo sé, don Mendo, no lo sé…pero si
puedo deciros que esta incertidumbre está minando mi salud y mi espíritu.
Acuña se había levantado, con el pretexto
de estirar las piernas, y estaba de pie mirando por la ventana enrejada de su
estancia. En su mirada se podía adivinar que ni la prisión ni el miedo habían
hecho mella en la fuerte determinación de escapar. Volvió la mirada, y pudo ver
de espaldas al alcaide que volvía a poner sus manos abiertas sobre el brasero
para calentarse. Acarició el pequeño cuchillo que, guardado bajo sus hábitos,
tenía oculto para la ocasión, y pensó que esta ocasión había llegado.
Acuña desató de su cinto la bolsa de cuero
donde llevaba la piedra simulando su libro de oraciones, y asiéndola
fuertemente, se acercó por la espalda hacia don Mendo que estaba inclinado
sobre el brasero; y descargó en su nuca un tremendo golpe que lo dejó aturdido.
Sabía que no estaba muerto y quiso maniatarlo y amordazarlo, pero el alcaide se
despertó y como hombre de lucha que era se empezó a defender a pesar de estar
mareado. A monseñor Acuña no le interesaba que gritase, así que mientras con
una mano le tapaba la boca, con la otra cogió el pequeño cuchillo y empezó a
apuñalar a don Mendo Noguerol por todo el cuerpo y de manera especial en la
garganta, hasta causarle la muerte.
Con esta muerte, las cosas se habían
complicado aún más; pero ya no había marcha atrás. Con la llave de don Mendo
abrió la puerta después de coger la improvisada lanza que tenía bajo el colchón
y salió de su estancia buscando la libertad. La suerte, aquel aciago día de
febrero, no estaba de su lado, pues en aquel momento Leonardo el hijo mayor del
alcaide, vio a Acuña ensangrentado, la puerta de su aposento abierta y pensando
acertadamente que algo había pasado a su padre, empezó a gritar pidiendo la presencia
de la guardia.
El Obispo, haciendo gala de una fuerza y
agilidad increíbles para su edad, pues ya tenía 72 años, zafándose de todos los
que le salieron al paso, salió del recinto principal de la fortaleza y se
encaramó en la muralla que dominaba el puente que salvaba el foso del castillo.
Recogió la cuerda que la esclava Juana le había escondido allí, ató un extremo
a una de las almenas, y arrojó el otro sobre el puente levadizo que estaba
tendido sobre el foso. Todo esto le llevó poco tiempo, pues sabía que tenía que
ser rápido en descolgarse y llegar al lugar donde el acemilero Esteban le
esperaba con dos caballos prestos para la huida.
El corazón le latía como si se le fuera a
salir del pecho y su respiración en aquella invernal tarde de febrero simulaba
el resoplar de un caballo enloquecido. Cuando se iba a encaramar sobre las
almenas agarrado a la colgante cuerda, los soldados le tenían ya cercado,
aunque sin atreverse a herirlo, y fuera del castillo los dos alcaldes de la
Villa, con guardias y multitud de gente, le conminaban a que depusiera su arma,
desistiese de huir y se entregase.
Por unos momentos, el obispo Acuña pensó en
lanzarse desde lo alto de la muralla; arrojó su rudimentaria lanza hacia el
vociferante gentío y puesto de pie sobre las almenas gritó a don Alonso
Calderón, uno de los alcaldes ordinarios de Simancas:
.- Sé que me vais a matar, sé que nada os
importa que yo sea eclesiástico, mirad hacia esa ventana; y señalaba la ventana
enrejada de su habitación, desde donde Leonardo, el hijo de don Mendo, agarrado
fuertemente a la reja, gritaba: “Mátenlo, mátenlo, es el asesino de mi padre”.
.- Hoy no habrá más muertes, dijo el otro
alcalde ordinario, también llamado Alonso, aunque de apellido Ruiz. Monseñor,
entregaos y seréis conducido a vuestros aposentos en espera de la justicia del
rey, nuestro señor.
Los alcaldes de Simancas, ofreciéndole
seguridad frente a la furia desatada de su hijo y demás parientes, convencieron
al Obispo para que no saltara y éste se entregó. Inmediatamente Acuña fue
llevado a otra habitación de sus aposentos y se le esposó, poniéndole grillos y
cadenas con candado.
Aquel mismo día, los alcaldes de Simancas
reconocieron el cadáver de don Mendo Noguerol y realizaron una información
detallada de los hechos con la declaración de varios testigos.
Al día siguiente, 26 de febrero, se
presentaron en la fortaleza de Simancas los licenciados Menchaca y Zárate,
jueces encargados de los crímenes importantes. Iban acompañados de dos
escribanos, para levantar carta de los hechos acontecidos: asesinato de don
Mendo Noguerol y el intento de fuga del obispo de Zamora Monseñor Antonio
Osorio de Acuña. Recogieron toda la información de los alcaldes de Simancas y
continuaron ellos las actuaciones pertinentes que creyeron necesarias.
Carlos I, cuando llegó a sus oídos todo lo
acontecido en Simancas, montó en cólera y decidió que aquel asunto había que
zanjarlo de una vez por todas; sin embargo, la figura del rebelde obispo
parecía intocable para los jueces que representaban la corona, y así se
empezaron a pasar los días y las semanas y aquel juicio no se celebraba.
El día 20 de marzo, casi un mes después de
los hechos referidos, el rey de España, Carlos I, y emperador del Sacro Imperio,
se acordó del licenciado don Rodrigo Ronquillo y Briceño, el más temible
enemigo de Acuña que era alcalde de Casa y Corte, y por tanto capacitado para
juzgar y sentenciar en nombre del rey, cualquier caso que éste le encomendase.
Así que sin más dilación Carlos I, encargó al “alcalde Ronquillo”
que se encargara de tan delicado proceso.
Don Rodrigo Ronquillo, ante tal
mandamiento, sintió que su pecho se desbordaba de alegría, por fin su mayor
enemigo, la persona que más odiaba, aquel por el cual había vendido su cuerpo y
alma al mismísimo Satanás, había caído en sus manos.
Ronquillo no tuvo ningún miramiento con los
prisioneros y, desobedeciendo las órdenes papales, mandó dar tormento de garrucha
o polea* al Obispo Acuña, al clérigo Bartolomé Ortega y a la esclava
Juana. Todos, bajo el cruel tormento, se declararon culpables de una u otra
manera, si bien Acuña, duro como una roca de granito, declaró que lo había
hecho en defensa propia en una discusión con el Alcaide. También, bajo tormento,
la esclava Juana, mostró las misivas que ella traía y llevaba entre Acuña y el
acemilero Esteban, para que éste le esperara fuera de la fortaleza con los
caballos en los que pensaban huir. Con todas estas pruebas y sin más dilación,
no fuera la suerte que la noticia de aquel juicio llegara a oídos de Santo
Padre el papa Clemente VII, y tomara cartas en el asunto para impedirlo, el día
23 de marzo de 1526, el “alcalde Ronquillo en el gran salón de la fortaleza de
Simancas, ante numerosos nobles y representantes de la Iglesia, teniendo ante
sí y en pie a los acusados, dictó sentencia en estos términos:
.- Yo, Rodrigo Ronquillo y Briceño, alcalde
de Casa y Corte y por encargo directo de nuestro señor Carlos I, rey de España
y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, juez principal de esta causa,
os declaro a vos Juana, esclava afincada en esta fortaleza, culpable de
colaborar de forma decisiva en la fuga del señor obispo de Zamora monseñor
Acuña. Por todo ello se os darán cien azotes públicamente y después se os
cortará la lengua para que ya nunca más podáis hablar.
La esclava, cayó de rodillas, cruzó los
dedos de sus manos, inclinó la cabeza y rompió a llorar invocando misericordia,
pero dos soldados la volvieron a poner en el banco de los acusados, de donde se
había levantado para oír su sentencia. Después el juez Ronquillo, impertérrito
continuó llamando al sacerdote que hacía las veces de capellán del castillo:
.- A vos don Bartolomé Ortega, presbítero,
que habéis traicionado la confianza del difunto don Mendo Noguerol, que había
puesto en vuestras manos la educación de sus propios hijos, también os declaro
culpable de traición, sin embargo, como sois hombre consagrado a nuestra Santa
Madre Iglesia Católica, os entrego a la jurisdicción eclesiástica y sea ella
quien os ponga el castigo pertinente.
El sacerdote, que sudaba copiosamente
esperando la sentencia, respiró más tranquilo y también volvió al banco de los
acusados. El juez, con voz profunda y sentenciosa, continuó:
.- Acuso, juzgo y castigo a pena de muerte
por ahorcamiento, a Esteban, el acemilero encargado de suministrar la leña al
castillo y que ha sido cómplice del señor Obispo en el intento de fuga. Por
tanto, teniendo en cuenta que el dicho acemilero se dio a la fuga el mismo día
del crimen, ordeno sea perseguido, apresado y ejecutada la sentencia. (Así se
hizo).
Solamente quedaba en pie delante del
tribunal don Antonio Osorio de Acuña, había oído las anteriores sentencias y
por un momento anidó en su espíritu la esperanza de que, al igual que al
sacerdote Bartolomé Ortega, el Juez le entregase a la jurisdicción eclesiástica
y así cabía la posibilidad de librarse de la muerte; pero pronto le vino a la
mente la persona del alcalde Ronquillo, su peor enemigo.
*garrucha o polea,
consistía en atar al reo por las muñecas, a la espalda, y colgarlo con una
cuerda y una polea del techo, para después dejarlo caer y parar de repente.
Esta operación les dislocaba los hombros produciendo al reo inmensos dolores.
El Juez, con pétreo rostro e inquisitoria
mirada, le observaba desde el otro lado de la mesa del tribunal. Ronquillo,
parecía disfrutar el momento que estaba viviendo. Por fin aquel escurridizo
enemigo había caído en sus manos y tenía el beneplácito de Carlos I para
juzgar, condenar y ejecutar la sentencia que creyera conveniente; todo el poder
estaba en sus manos y sin embargo el altivo Obispo permanecía estático e
impertérrito sin mover un solo músculo de la cara. El alcalde Ronquillo empezó
a hablar, dirigiéndose a Acuña en los siguientes términos:
.- Señor obispo de Zamora, monseñor don
Antonio Osorio de Acuña, este tribunal ha investigado, oído numerosos testigos
y confirmado todos sus crímenes y le acusa de: traición al rey, nuestro señor
Carlos I; le acusa también de haberse levantado en armas contra nuestro rey, de
haber incendiado pueblos y villas, de haber saqueado castillos e iglesias, a
pesar de ser vos un alto representante de nuestra religión católica; y por
último se le acusa también de intentar huir de esta prisión, asesinando con premeditación
y alevosía al alcaide de ella, don Mendo Noguerol.
Por un momento dejó de relatar los cargos
y, mirando fijamente a los ojos al acusado, le dijo:
.- Oídas las acusaciones que se le imputan,
¿tenéis vos algo que alegar?
Acuña, saliendo de aquella actitud estoica
en la que estaba sumido, respiró hondo y dando un paso al frente, dijo así.
.- Señor juez, como vos bien sabéis yo,
Antonio Osorio de Acuña, obispo de la muy noble ciudad de Zamora, declaro no
ser ciertas todas las acusaciones que se me imputan. Creo además, que es mi
obligación hacer notar que soy un príncipe de la Santa Iglesia Católica, y que
como tal, y es orden bien conocía del Santo Padre, Clemente VII, que a mi
persona solamente la puede juzgar un tribunal eclesiástico; y que cualquier
otro juez que me condene será excomulgado, así como la persona que le confirió
autoridad para hacerlo. Por lo tanto, pido que este juicio, por estar fuera de
lugar, sea declarado nulo.
Dejó de hablar, el obispo Acuña, y la
respiración de los asistentes al juicio, se contuvo. Todos sabían que el poder
del alcalde Ronquillo para juzgar al señor Obispo, venía nada más y nada menos
que del rey de España y emperador del Sacro Imperio, Carlos I. A ellos, y a
quienes intervinieren en la condena les podría alcanzar la excomunión; y esto
en el siglo XVI no era algo que no echase para atrás al más avezado y valiente
guerrero.
El miedo a la excomunión paralizó los
ánimos de todos los presentes en el gran salón; a todos menos al alcalde
Ronquillo; había esperado tanto tiempo para poder vengarse de aquel odiado
Obispo, que ahora que le tenía en sus manos y contaba además con la
autorización real para juzgarlo, no lo iba a dejar escapar. Por unos instantes
recordó su pacto con el diablo, pero se sacudió aquella idea de su mente
diciendo para sus adentros: “No creo que Lucifer ande perdiendo su tiempo
recordando mis promesas. Hoy ha llegado el tiempo que tanto he esperado, y
además sirvo al Rey, mi señor”.
Fijó su inquisidora mirada en los ojos del
acusado y con voz grave, pausada y sentenciosa dijo:
.- Monseñor don Antonio Osorio de Acuña,
oídos todos los cargos antes relatados y oídas también vuestras alegaciones, yo
Rodrigo Ronquillo y Briceño, alcalde de Casa y Corte y, por encargo directo de
nuestro rey y emperador Carlos I, os declaro culpable de todos los delitos de
los que se os acusa, y en virtud de lo cual, os condeno a pena de muerte;
muerte que se os será dada a garrote, colocándoos frente las almenas de la
muralla por la que habéis intentado huir de la justicia, y además seréis
colocado frente a la torre que ha sido durante estos años vuestra prisión, para
que esta visión sea la última que tengáis antes de que el verdugo os quite la
vida. Esta es la justicia que el rey nuestro señor otorga a todos los traidores
a la Corona y a la Patria.
El día 24 de marzo, bajo las almenas de la
muralla exterior de la fortaleza, se había levantado un patíbulo cubierto con
un repostero (paño grueso) y sobre él, el poste del garrote con su asiento. De
aquella parte de la muralla colgaba la soga por la que el Obispo quiso escapar.
Todo lo vio Acuña antes de ascender al
estrado de madera, también vio otra tribuna levantada al lado, donde el alcalde
Ronquillo y algunos nobles presenciaban el acontecimiento, mientras un inmenso
gentío rodeaba a cierta distancia el patíbulo, sin dar crédito a que un obispo,
un príncipe de la Iglesia, pudiera ser ajusticiado públicamente.
Dos soldados hicieron subir al reo por las
escaleras que le conducían a la muerte; Acuña, ascendió sin resistirse y él
mismo se sentó en el asiento de espaldas al poste detrás del cual esperaba el
verdugo. Se trataba de Bartolomé de Zaratán que a la sazón era el verdugo de
Valladolid; tenía el rostro tapado por una máscara solamente abierta en tres
agujeros para los ojos y la boca. Con sus manos ajustó el anillo de hierro al
cuello del Obispo, cuidando de que la parte posterior coincidiera perfectamente
con la salida del tornillo, que le entraría por detrás cuando él accionara la
palanca que le desnucaría. Luego se retiró unos pasos atrás y dejó que un
fraile confesor absolviera a Acuña de sus pecados. Hecho esto, dejó que el
Obispo se santiguara, cubrió el rostro del reo y, mirando al juez Ronquillo
esperó la señal. Un leve movimiento de cabeza de aquel fue suficiente para que el
verdugo Bartolomé accionase la palanca que atravesó el cuello de Acuña
causándole la muerte, sin que este diera un solo gemido.
El
gentío no gritó, como solía hacer en otras ocasiones semejantes, todos se
santiguaron y después de unos instantes marcharon hacia sus hogares. Mientras
caminaban, muchos hombres murmuraban en voz baja y las mujeres, envueltas en
sus chales, rezaban para sus adentros alguna oración.
La noticia de la ejecución del obispo
Acuña, corrió de boca en boca por todo el reino, pero principalmente hizo
estremecer a los habitantes de Valladolid, quizás por haber sido esta comunera
y el Obispo un afamado capitán comunero. Nadie, se decía, tiene derecho a
ajusticiar a un señor obispo, y los más estudiosos aseguraban que según dicta
el derecho canónico, se conoce como “latae sententiae”; es decir
que quien ordenaba y quien ejecutaba tal acto, quedaba automáticamente
excomulgado.
Carlos I, se apresuró a mandar cartas al
Papa Clemente VII suplicándole concediera el perdón para él, para el licenciado
Ronquillo, para el verdugo Bartolomé de Zaratán, y para todas aquellas personas
que habían intervenido en el juicio, sentencia y ejecución del obispo de
Zamora. El peso que aquella petición de absolución tenía sobre el Santo Padre,
era muy grande, pues Carlos I era rey de España y emperador del Sacro Imperio
Romano Germánico. Quizás por este motivo, la contestación papal para él, se tramitó
muy pronto y rápidamente le llegó al Rey la noticia de que no había sido
excomulgado. Carlos I respiró más tranquilo, pues él si se sentía reo de
excomunión y quizás por ese motivo se cuenta que el rey se abstuvo de entrar en
la iglesia hasta recibir la contestación papal.
No fue así para Ronquillo y el resto de los
implicados; todos ellos vieron como pasaban las semanas y los meses y el perdón
papal no les llegaba, hasta que cuando ya tenían perdida la esperanza, a los 11
meses de espera, les llegó el perdón del Papa a través del obispo de Palencia, monseñor
don Pedro Sarmiento, ya que en Valladolid, en aquellos años del siglo XVI,
aún no había obispado.
El juez Ronquillo y los demás implicados
tuvieron que acudir a la catedral de Palencia donde les esperaba el obispo don
Pedro Sarmiento en su cátedra. Ronquillo, el día 8 de septiembre de 1527, tuvo
que hacer el camino entre la iglesia de San Francisco hasta la catedral
palentina, a pie, descalzo y vestido de penitente. Ya en la Seo*
con gran pompa, solemnidad y ostentación, don Pedro Sarmiento leyó el documento
pontificio, todo él escrito en latín, que le había llegado del Santo Padre
lacrado en rojo y con el sello del anillo del Pescador.
Don Rodrigo Ronquillo y Briceño, respiró
tranquilo con aquel perdón, pero las gentes de Castilla y de una manera
especial los habitantes de Valladolid, murmuraban y no daban crédito a que el
poder de los hombres fuera capaz de perdonar la muerte a “garrote vil” de un
obispo que era príncipe de la Iglesia y sucesor de los apóstoles de Jesús. Y
aquellas palabras que, en un principio, se decían en voz baja, pronto se
pronunciaban en alta voz, y además se comentaba que el alcalde Ronquillo no
podía dormir bien por las noches; que tenía grandes pesadillas que le impedían
conciliar el sueño; incluso había quien afirmaba que en algunas ocasiones, en
la intimidad de su aposento, había tenido visiones infernales, en las que
espíritus del averno sobrevolaban su habitación y le recordaban el trato que,
en tiempos pretéritos, había hecho con Lucifer príncipe de los demonios.
Fue pasando el tiempo, y los dimes y
diretes sobre la imagen y persona del alcalde Ronquillo, fueron creciendo y
creciendo y las gentes contaban de él historias cada vez más fantásticas. Sin embargo,
don Rodrigo aún vivió muchos años y cuando por fin murió a la ya avanzada edad
de 81 años, las fábulas y leyendas se agrandaron tanto que se mezclaron con la
verdadera historia y anularon a esta.
Se contaba que cuando, entre grandes
dolores e infernales pesadillas, Ronquillo adivinó que le llegaba la hora de su
muerte, llamó al confesor y pidió la extremaunción. Se arrepintió de sus
pecados y, con el último aliento que le restaba de vida, pidió la comunión. Así
lo hizo el sacerdote y justo en el último segundo de su vida le puso la hostia
consagrada en la lengua, cerró su boca y exhaló el último aliento.
*Seo.
Sede del obispo, o iglesia Catedral.
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Don Rodrigo Ronquillo murió en Madrid el
día 2 de diciembre de 1527, pero había mandado que quería ser enterrado en la
iglesia del convento de San Francisco de Valladolid, lugar donde muchos nobles
y gentes adineradas estaban allí sepultadas.
El convento de San Francisco, en
Valladolid, fue considerado el cenobio más importante de la ciudad durante
siglos. Su fachada estaba situada en la antigua plaza del Mercado (hoy plaza
Mayor) y era tal que ocupaba el espacio situado entre la calle Santiago y Duque
de la Victoria (antiguamente Calle Olleros), seguía por Duque de la Victoria
hasta la calle Montero Calvo que enlazaba otra vez con la calle Santiago.
PLANO del CONVENTO DE SAN
FRANCISCO SIGLO XVI
En este colosal
monasterio estuvieron enterrados figuras de gran renombre; entre otras
mencionaré aquí a Pedro de Castilla, hijo de Alfonso X el Sabio, a Enrique de
Castilla, hijo de Fernando III el Santo, Leonor de Castilla, hija del rey
Enrique II, Álvaro de Luna y así decenas y decenas de personas importantes,
incluso el propio Cristobal Colón también recibió allí cristiana sepultura.
El convento tenía multitud de obras de
arte, principalmente arte sacro, tallas magníficas de vírgenes y santos, así
como bellos retablos y una monumental sillería de estilo rococó diseñada por
Pedro Sierra y montada por su hermano fray Jacinto de Sierra. Gran parte de esta
sillería que constaba al menos de 84 estalos, se recuperó y se
exhibe en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid. Este colosal monasterio
fue víctima de la Desamortización de Mendizabal y toda su riqueza artística y
religiosa desperdigada y vendida en pública subasta. Tras la exclaustración se
produjo abandono y saqueo de lo que quedaba, hasta que se pensó urbanizar y
construir nuevos edificios, se abrieron nuevas calles como La
Constitución y Menéndez Pelayo; se levantaron algunas tumbas para
trasladar sus restos, así ocurrió con la tumba de Colón cuyos restos fueron
trasladados a Sevilla; pero la gran mayoría de tumbas acumuladas allí durante
siglos reposan ahora bajo los cimientos de los grandes edificios y calles que
se construyeron en los terrenos del convento. Por último, sobre aquel
mancillado solar se construyó el Teatro Zorrilla que fue inaugurado el año
1884, el día 31 de octubre con la asistencia del propio poeta José Zorrilla,
siendo la obra inaugural Traidor Inconfeso y Martir, del propio
autor.
No es de extrañar que, siendo don Rodrigo
Ronquillo un hombre importante y adinerado, quisiera ser enterrado en este
sagrado lugar donde tantas personas ilustres, incluso hijos de reyes, habían
sido sepultados. Él destinó una gran suma de dinero para su tumba en el suelo
de la iglesia del mencionado convento, y para que su entierro fuera realizado
con el máximo boato y ostentación. Pidió que sus funerales durasen varios días,
para que su tumba fuera velada por los monjes y las personas que acudieran a despedirlo
y a las misas que, por su alma, se celebrarían en aquella iglesia del
monasterio. Tanta pompa y fastuosidad chocó de lleno contra el mal recuerdo y
gran rencor que los vallisoletanos, del pueblo llano, tenían de él, que aquí
nace la leyenda de unos hechos que en realidad no se saben si fueron ciertos,
pero que todo Valladolid e incluso la gran congregación de frailes de San
Francisco aseguraban ser verdad.
Leyenda fantástica o pura verdad, yo lo
relato aquí tal y como he podido colegir después de haber leído esta historia
escrita por diferentes autores.
Ocurrió que, trasladado el cuerpo del alcalde
Ronquillo al convento de San Francisco, se le enterró en el suelo de la Iglesia
y se cubrió su tumba con una gran lápida de mármol negro en espera de ser
tallada en ella la inscripción pertinente. No se expuso su cuerpo al público ya
que Ronquillo había muerto en diciembre y su cuerpo sepultado en Santa María la
Real de Arévalo que era su villa natal. Al ser trasladado posteriormente, ya
entrada la primavera, al convento de San francisco en Valladolid, su cuerpo en
clara descomposición no podía ser expuesto al público; así que se le sepultó y
se anunciaron sus funerales para un día determinado.
La víspera de la misa funeral, la comunidad
franciscana eligió a uno de sus miembros, gran orador, para que en la misa que
se celebraría al día siguiente por el eterno descanso del difunto, en la
homilía, hiciera un gran panegírico de don Rodrigo Ronquillo; calificándolo de caballero
de gran nobleza, fiel a su rey y hombre de profundos sentimientos cristianos.
Hombre que había muerto santamente después de haberse confesado, arrepentido de
sus pecados y de haber recibido la comunión dentro del sagrado sacramento de la
extremaunción.
Aquella noche, mientras que en el silencio
y oscuridad de la iglesia, la tumba, con cuatro cirios encendidos, era velada
por dos frailes en oración que eran relevados cada dos horas, el fraile
predicador se retiró a la biblioteca para, allí rodeado de libros y legajos,
preparar el pregón que había de predicar al día siguiente durante la misa.
El fraile predicador era un religioso
franciscano de mediana edad, pero muy versado en las sagradas escrituras y
sobre todo era un gran orador. Era un predicador de porte sereno y mirada
profunda, de aquellos que con solo su presencia imponía silencio. Él sabía que
tenía fama en la ciudad de ser buen predicador y por eso pensaba pasar las horas de la noche que fueran necesarias para
preparar su sermón.
Estaba enfrascado en sus libros, a la luz
de un farol de aceite que, con su luz parpadeante, reflejaba sombras y siluetas
en el techo y paredes de la enorme biblioteca, cuando a eso de la media noche
oyó sonar los goznes de la pesada puerta que daba a la Plaza del Mercado (hoy
Plaza Mayor); y pensó ¿Quién podría ser a esas horas tan intempestivas?, pero
tornó sus ojos a los libros y siguió cogiendo apuntes sobre una hoja de papel.
Salió de su concentración, al oír claro y lentos los pasos de alguien que subía
las escaleras del convento en dirección a la biblioteca. No eran pasos
conocidos y no eran pasos de una sola persona ¿Quién podría ser? El convento
dormía y todos los religiosos estaban en sus celdas descansando. Sólo él, en la
biblioteca, y dos de sus hermanos, en la iglesia, permanecían despiertos; sin
embargo, alguien había subido la escalera y se había parado en el corredor del
primer piso, como si dudase o dudasen que dirección tomar.
Se pasó la mano por la frente para
sacudirse falsos temores y fue a pasar una de las hojas del libro que tenía
sobre la mesa, cuando volvió a oír de forma nítida y segura que aquellos pasos
se dirigían hacia la puerta donde él estaba. Un escalofrío le recorrió la espina
dorsal y sintió miedo; aquellos pasos, aquellas paradas y un cierto olor leve e
indescriptible que le empezaba a llegar, le hizo pensar en el demonio. ¿Acaso
no se decía en toda la ciudad que don Rodrigo Ronquillo se había vendido en
cuerpo y alma al mismo Lucifer? Ahora él estaba preparando un panegírico para
ensalzar la vida de aquel hombre que todos decían que era un demonio. ¿Acaso el
diablo, enterado de ello, no vendría para impedir que él hablara bien del
alcalde Ronquillo en la misa del día siguiente? Embebido en estos pensamientos,
el miedo se apoderó de todo su ser y, cuando oyó ruido en el picaporte de la
puerta de la biblioteca intentando abrir, cogió un crucifijo que había sobre la
mesa, dio un salto y se escondió temblando detrás de una estantería repleta de
libros, mientras sujetaba el crucifijo con las dos manos.
El picaporte cedió y la puerta chirrió
lentamente mientras se abría. La silueta de dos encapuchados se reflejó en el
techo de la estancia gracias a la luz que aun lucía sobre la mesa y que una
ráfaga de aire, que se produjo al entrar aquellos dos seres extraños, hizo
parpadear hasta casi apagarse.
El pobre fraile, miraba tembloroso, desde
su improvisado escondite y con los ojos desencajados, intentando descubrir
quienes podían ser aquellos dos encapuchados que registraban con su mirada
todos los rincones de la biblioteca, al tiempo que despedían un fuerte olor a
azufre. De pronto se volvieron, hacia donde él estaba, y no pudo ver sus
rostros hundidos en sus profundas capuchas, pero sí sus ojos; y ¡¡por Cristo
bendito!! los ojos eran dos ascuas encendidas que centelleaban en la oscura
profundidad de sus negros capirotes. El franciscano, besó fuertemente el
crucifijo que temblaba en sus manos y casi se desmaya al comprobar que aquellos
seres le habían descubierto y se dirigían hacia él.
.- ¡¡Sal de tu escondite!!, ratón de
biblioteca.
Dijo el más alto de los dos, mientras le
señalaba con un esquelético dedo terminado en una uña ganchuda de garra
demoniaca.
.- ¿Qué queréis de mí?, soy un humilde
hermano franciscano y estoy dispuesto a morir por mi fe.
¡¡¡Sal de tu escondite
ratón de biblioteca!!!
.- No vas a morir, aún no ha llegado tu hora,
venimos por Rodrigo Ronquillo. Sabrás que vendió su alma y su cuerpo al diablo
y Satanás siempre cobra lo que se le debe.
.- Pero el alcalde Ronquillo murió
arrepentido confesando sus culpas y comulgando.
El Santo Padre de Roma le
perdonó.
.- Aquel que hace tratos con Satán, está
siempre condenado a pagar sus deudas.
Dijo el otro demonio con una voz de
ultratumba que parecía salir de lo más profundo del Averno.
El pobre fraile, se puso de pie lentamente
y sin soltar el crucifijo se dispuso a obedecer lo que aquellos dos seres
infernales le dijeran, menos faltar a su fe.
El que le había señalado, habló así:
.- Ve delante de nosotros hasta la iglesia
donde está enterrado el deudor de su alma e incumplidor de su trato. Te
necesitamos para llevarnos su cuerpo pues su alma ya hace tiempo que purga sus
pecados en el Infierno.
.- Yo no puedo daros su cuerpo, además la
lápida que cubre su tumba es tan pesada que yo no puedo levantarla.
.- No es la losa de su tumba, la que nos
impide llevarlo; es la Ostia consagrada que el sacerdote le dio antes de morir
y que aún permanece incorrupta en su boca. Nos podemos llevar su cuerpo, pero
no nos podemos llevar el cuerpo de Jesús Sacramentado.
.- Y ¿Qué puedo hacer yo? Sólo soy un pobre fraile franciscano.
.- Tú estás ordenado como presbítero y tus
manos han sido consagradas. Tú serás quien extraiga el cuerpo de Jesús de esa
boca pecadora. Lo demás lo haremos nosotros.
El sacerdote, sin soltar el crucifijo, se
dirigió a la iglesia donde sus dos hermanos velaban la sepultura de Rodrigo Ronquillo,
pero,,,los hermanos franciscanos también estaban aterrados, pues por todos los
rincones de la iglesia se veían mover sombras y figuras de otros seres
infernales que, cuan deformes vampiros, aleteaban pegados al techo y paredes
del templo.
Al entrar en la iglesia, las llamas de los
cirios oscilaron de tal manera que dos de ellos se apagaron por la ráfaga de
aire que entró por la puerta. El día había sido muy caluroso y aquella noche
una gran tormenta de truenos y relámpagos se cernía sobre la ciudad de
Valladolid, impidiendo dormir a muchos de sus habitantes.
.- Coje un cáliz del sagrario.
Le ordenó autoritariamente uno de los
demonios.
El
sacerdote se dirigió al sagrario, lo abrió con mano temblorosa y, dejando el
crucifijo a un lado en el altar, no cogió un cáliz, en su lugar tomó un copón
que contenía las ostias consagradas sobrantes de la comunión de aquel día. Ya
no necesitaba el crucifijo, ahora portaba en sus manos al propio Jesús
Sacramentado y con Él, junto a su pecho, nada temía. El miedo que, hasta ese
momento, le había invadido el cuerpo helándole hasta la médula de los huesos,
desapareció de repente y siguiendo las indicaciones de aquellos seres de las
tinieblas, los acompañó a la sepultura.
Fuera la tormenta había ido “In
crescendo” y los truenos eran cada vez más aterradores y los relámpagos
más amenazadores; era como si el mismo cielo se estremeciera ante los hechos
que estaban ocurriendo en el convento de San Francisco.
Habían llegado ya al lado de la sepultura,
cuando en la iglesia entraron otros dos frailes que venían a relevar a los que
en oración habían estado velando la tumba de Ronquillo. Los nuevos hermanos, al
ver el macabro espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos, quedaron
petrificados y boquiabiertos sin saber que hacer. No se movieron del sitio, un
relámpago, cuya luz entró a través de las emplomadas vidrieras de la iglesia,
iluminó durante unos segundos la escena, después se produjo un gran trueno y las
puertas se cerraron a sus espaldas.
Uno de los demonios levantó la pesada losa
como si fuera de corcho y abrió el ataúd. El cuerpo del difunto, ya en
descomposición, despidió un olor tan fétido que el aire se tornó irrespirable
debido a la hediondez que adquirió la atmósfera dentro del templo.
Los frailes que velaban la tumba se
retiraron asustados y se unieron a los dos últimos hermanos que habían entrado;
después un demonio incorporó el cadáver y…¡¡cosa extraña!! Todo el cuerpo del cadáver
estaba deformado y descompuesto, pero no así la cara que parecía como si
acabara de morir.
El otro demonio le abrió la boca y dijo con
voz autoritaria al fraile:
.- Coje con tu mano la Ostia Consagrada y
sácala de su boca, ¿es que no te das cuenta de que es lo que espera Jesús, el
que tú adoras?
El fraile se arrodilló, con sumo respeto
cogió la sagrada forma y la depositó en el copón. Después lo cerró y
apretándolo contra su pecho se puso en pie.
Lo que a continuación ocurrió es difícil de
describir. Todo el cuerpo del muerto se estremeció, la cara y cabeza se
descompusieron y una decena de los infernales espíritus que pululaban por el
templo cayeron sobre la tumba, cogieron en sus brazos el cuerpo de don Rodrigo
Ronquillo (el alcalde Ronquillo) y acompañando a los dos primeros demonios,
salieron por un boquete abierto en el techo de la iglesia, al tiempo que la
tempestad rugía con mucho más fuerza, dejando en el templo a los cinco frailes
muertos de miedo y un fuerte olor a azufre que hacía el aire irrespirable.
Al amanecer, la ciudad entera respiró
aliviada al comprobar que aquella tremebunda tormenta había pasado ya. Lucía un
sol primaveral y poco a poco Valladolid fue recobrando la vida que, de
ordinario estaba acostumbrada a llevar.
A la
hora de la misa que toda la ciudad sabía que se iba a celebrar, en el convento
de San Francisco, por el eterno descanso de don Rodrigo Ronquillo, gran número
de personas, muchas de ellas de noble cuna, acudieron a la iglesia llenando el
templo. Todos miraban su techumbre, que lucía un boquete perfectamente redondo
con los bordes de las maderas quemados y ennegrecidos; ¿sería aquel agujero
producto de la caída de un rayo?, la cosa parecía bastante creíble, pues la
tormenta de la noche había descargado más de un rayo en la ciudad, pero… estaba
tan bien hecho y sin desperfectos en el resto del templo, que parecía difícil
de creer.
En
estos pensamientos y comentarios en baja voz estaban los feligreses, cuando
salió el sacerdote revestido para oficiar la misa, y antes de dirigirse al
altar subió al púlpito; esperó unos minutos a que todos los miembros de la
comunidad franciscana ocuparan los estalos del maravilloso coro, y
después se dirigió a los fieles, que expectantes y extrañados, guardaron
silencio y clavaron sus miradas en el predicador.
Queridos hermanos, les dijo. Anoche ocurrieron
hechos tan increíbles y sobrenaturales en esta Santa Casa de San Francisco que,
antes de celebrar la Santa Misa, os he de contar…
Y ante una audiencia atenta, sobrecogida y
atemorizada, relató minuciosamente los hechos acontecidos la noche anterior,
que él en persona y sus hermanos monjes habían vivido.
Después de aquello, la ciudad se llenó de
cuentos, historias y exageraciones. Lo habían dicho los frailes, muchos habían
visto la tumba vacía y además allí estaba el agujero ennegrecido y que nadie se
atrevía a reparar.
.- Se lo llevaron, decían las comadres
mientras recogían agua en las fuentes públicas
.- Pero…¿Quiénes se lo llevaron?
.- Quien va a ser. Los diablos se llevaron
al alcalde Ronquillo; decía otra comadre, mientras se santiguaba asustada.
.- Se lo llevaron en cuerpo y alma derecho
a los infiernos, yo misma he visto el agujero por donde salieron. Sí, yo lo he
visto y los hermanos de San Francisco lo aseguran. Dijo una tercera.
En los días siguientes, los frailes
escribieron informes, los juristas civiles lo negaron y el Vaticano guardó
silencio; pero el pueblo llano ya había dictado sentencia y desde entonces,
cuando alguien pronunciaba el nombre de Ronquillo en voz baja, siempre había
alguien que respondía:
.- Sí, el alcalde que fue llevado en cuerpo
y alma a los infiernos.
.- Pero si fue perdonado por el mismo Papa
.- Sí por el Papa sí, pero no por Satanás
que siempre cobra lo que se le debe.
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Con el paso de los años, el techo de la
iglesia se reparó con nuevas maderas, pero no hubo viga, tablón o clavo capaz
de hacer olvidar a los vallisoletanos el recuerdo de aquella noche de hechos
tan sobrenaturales. La noche que los ángeles castigados por Dios al profundo Averno
habían venido a Valladolid para llevarse con ellos el cuerpo y el alma del
alcalde Ronquillo.
Los documentos escritos donde quedaba
constancia de que don Rodrigo Ronquillo había sido absuelto, según dictaba el
derecho canónico, por mandato del Santo Padre de Roma, que había delegado su
autoridad en el obispo de Palencia, fueron archivados. También quedó escrito y
archivado que el alcalde Ronquillo, había cumplido penitencia pública y que
había recibido los sacramentos y bendición apostólica antes de morir. Eso
decían los papeles y eso es lo que la historia sostiene; pero la leyenda de lo
acontecido aquella noche voló de boca en boca asegurando otra cosa. Lo que las
gentes decían era que pecados tan graves como matar a un obispo, no se limpian
con palabras, aunque esas palabras vengan de Roma y escritas en latín sobre
pergaminos lacrados y sellados.
Los frailes franciscanos, siguieron
diciendo que aquella historia era cierta y, en una Castilla del siglo XVI,
donde la fe era el único freno capaz de contener al poder de los reyes y
poderosos, aquella leyenda se hizo cada vez más fuerte, demostrando que el
perdón otorgado a los culpables no siempre convence a los hombres; y que la
gente del pueblo, algunas veces alimenta historias de monstruos y seres
fantasmagóricos para explicar lo que las personas sencillas no quieren aceptar.
Así, la historia del celebérrimo alcalde
don Rodrigo Ronquillo y Briceño (el alcalde Ronquillo) quedó suspendida entre
dos mundos: asesino de obispos, defendido por el Rey y perdonado por el Papa,
pero condenado por el pueblo y arrebatado en cuerpo y alma por las fuerzas del
Infierno, demostrando que Satán siempre cobra las deudas con él contraídas.
Fue tan fuerte esta creencia, fomentada por
los propios franciscanos y por las personas que vieron la tumba abierta y el
agujero en la techumbre, que sobrevivió a los vallisoletanos de aquella época,
a sus hijos e incluso a los nietos de sus hijos, hasta llegar a nuestros días.
La historia, creencia o leyenda, se dilató
tanto en el tiempo que incluso sobrevivió al propio convento de San Francisco, que
el tiempo y los hombres fueron destruyendo poco a poco hasta terminar con la
fatídica Desamortización de Mendizábal.
El primer gran deterioro se llevó a cabo en
1808, cuando el emperador francés Napoleón invadió España queriendo adueñarse
de nuestra Patria. Las tropas imperiales ocuparon el convento saqueando parte
de sus riquezas y quemando otra parte de ellas para calentar las estancias
donde se instalaron las tropas (así hicieron en muchas iglesias y conventos de
toda España).
Derrotado Napoleón y expulsados los
franceses de nuestra patria, los frailes volvieron a su convento y limpiaron,
restauraron y rehicieron todo lo que la francesada había “mancillado” y
destruido. Pero no había pasado un siglo, cuando al morir Fernando VII, fue
proclamada reina de España su hija Isabel II que, al ser todavía una niña,
necesitó de la regencia de su madre María Cristina de Borbón – Dos Sicilias,
cuarta esposa del difunto rey Fernando que además era su tío. El hermano de
Fernando VII, llamado Carlos María Isidro de Borbón, no reconocía la abolición
de la Ley Sálica y pidió para si la corona española. Sus partidarios, los
carlistas, se opusieron a la reina niña Isabel y estalló una guerra civil que
arruinó las arcas, ya poco llenas, del gobierno de España.
Ante esta situación, el ministro de
hacienda Juan Álvarez de Mendizábal, con el beneplácito de María Cristina,
decretó la célebre Desamortización de Mendizábal. Este decreto, dictado en
1836, consistió en expropiar y vender en pública subasta los bienes de la
Iglesia Católica, con objeto de recaudar fondos para sufragar la primera guerra
carlista entre Carlistas e Isabelinos.
Hoy pocas personas recuerdan aquel
imponente cenobio. Pocos recuerdan aquel convento que fue arrancado del corazón
de la Ciudad, como se arrancan las páginas de un libro de historia cuando esta
hiere nuestra conciencia y no la queremos recordar. Y para colmo de males, ya a
finales del siglo XIX, sobre el solar de su iglesia, símbolo de silencio,
recogimiento y oración, se construyó el Teatro zorrilla, que por entonces era
considerado símbolo de frivolidad y de pecado. No es de extrañar que, según
cuenta la tradición vallisoletana, los monjes echasen una maldición sobre el
teatro Zorrilla diciendo que “El día que tal teatro se llenara en su totalidad,
ardería por los cuatro costados”. No sé si esta maldición existió o no, pero sí
que es cierto que, durante muchos años, los amos del teatro dejaban algunas
localidades por vender.
He
paseado muchas veces por la acera de San Francisco y también muchas veces he
visitado el teatro Zorrilla, y puedo asegurar que siempre que paso por su
puerta o entro en él, pienso en el Convento desaparecido pero que todavía
duerme bajo las losas de la ciudad. Pienso que, bajo aquel asfalto, reposa gran
parte de la historia de un Valladolid olvidado y los restos de cientos de
personas que la historia ha olvidado y que por lo tanto ya nadie nombra, aunque
bajo aquel suelo todavía duermen el sueño de los siglos. El propio convento desapareció,
pero no así su memoria, que se hizo eterna.
PLACA FRENTE AL TEATRO
ZORRILLA
Hace unos años, el ayuntamiento de la
ciudad colocó, en el suelo frente al teatro Zorrilla, una placa conmemorativa,
recordando que allí estaba el convento de San Francisco y que en él estuvo
enterrado el descubridor del Nuevo Mundo.
Yo, como ya he dicho,
siempre que transito por allí, puedo asegurar que pienso en toda esta historia
y, aunque no soy partidario de creer en leyendas, y menos cuando intervienen
fuerzas sobrenaturales, recuerdo también aquella leyenda del “Alcalde
Ronquillo” al que los demonios se llevaron en cuerpo y alma a los infiernos, en
una noche terrible de tormenta en Valladolid, recordándonos que Satanás siempre
se cobra lo que se le debe.
M. Díez.
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